Estas cosas preciosas, déjalas sangrar
Alichino fue uno de los primeros mangas de los que escuché cuando me metí en serio a todo esto del manga. Lo máximo que leí fueron dos capítulos — y todo este tiempo me pregunté por qué, hasta que la semana pasada lo leí en un impulso completamente inesperado y la respuesta fue muy obvia.
Es simple. Es una buena historia: interesante, original. Están los Alichino, unos monstruos con cara de ángeles que se alimentan de las almas humanas. Y está Tsugiri, un chavo que tiene una misteriosa conexión con ellos, una conexión que lo pone a él y a todos los que están a su alrededor en peligro.
El arte es hermoso y exótico, perfecto para una historia como ésta. Los detalles, la ropa, los rostros, todo emana belleza, uno realmente no puede resistirse a un Alichino, y nota que no son humanos.
El problema es que esta pobremente contada. Es aburrido. Increíblemente aburrido. Los únicos tres tomos existentes están llenos de rostros inexpresivos, burbujas de diálogo con fondos de lugares o simplemente en negro. Todo es plática, y cuando hay acción (muy pocas veces) uno no siente el flujo. Si el resultado fuera nada más provocar inquietud, incomodidad o extrañeza hacia la historia, todo estaría bien, pero en vez de eso, te “aliena”, no sientes empatía con ninguno de los personajes, te sientes desconectado de las situaciones, y peor, se siente estático y no te das cuenta de lo que ocurre hasta después. Y todo lo bueno no sirve de nada.












